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nov 02

Wordvember 2015 #2

«Izquierda, derecha, izquierda, derecha… ¡abajo!».

Cawley paró el barrido bajo de su oponente con un hábil movimiento. Sin embargo, la fuerza del ataque movió su espada hasta casi rozarle las piernas. Casi.

— Un movimiento rápido, sin duda —comentó con satisfacción el atacante, un hombretón de ancha espalda y melena cana—. Pero la próxima vez imprima más fuerza a la parada, joven señor.

— Lo tendré en cuenta, Seamus —prometió Calway mientras se secaba el sudor de la frante—. ¿Podemos descansar un poco?

Ante el asentimiento de Seamus, el muchacho se dejó caer en la fresca hierba cuan largo era. Sin soltar la espada. «Nunca soltamos la espada», pensó, «sin importar la situación».

El maestro se sentó junto al alumno. Tras dedicar una amplia mirada a los alrededores se concentró en comprobar el estado de su hoja, una espada larga sin filo, propia de una lección de esgrima.

— Dime Seamus —comenzó Calway sin dejar de observar el rápido paso de las nubes sobre sus cabezas—, ¿realmente tenemos que combatirles?

— Me sorprende esa pregunta viniendo del hijo del Earl Creag.

Tras unos instantes de silencio, continuó:

— Por supuesto que hay que combatir, es ellos o nosotros. Los cambiaformas, esas abominaciones, no dudan un solo instante en matar a los nuestros y ocupar su lugar.

— Sí, entiendo que son una amenaza —se defendió Calway—. Es sólo que, a veces, me pregunto porqué lo hacen, si tienen algún motivo oculto. ¿Nunca te lo has planteado?

Seamus tardó unos instantes en contestar a su alumno. Aparentemente había tomado muy en cuenta sus palabras.

—  Tratar de adivinar lo que piensa el enemigo es un movimiento inteligente —afirmó satisfecho». Sin embargo, se corre el riesgo de empatizar demasiado con él y bajar la guardia.

«¿Se puede empatizar con un ser al que te acabas de referir como “abominación?», pensó ácidamente Calway. Las nubes seguían viajando con rapidez; el viento les otorgaba formas cambiantes.

— Sea como sea —continuó Seamus de improviso—, yo mismo tengo mis propias conjeturas al respecto. Cuando madure usted un poco más se las expondré encantado.

El maestro se puse en pie con agilidad y le tendió la mano al alumno.

— Se acabó el descanso, joven señor. Si su padre nos descubre holgazaneando nada ni nadie nos librará de su cólera. Y recuerde, esa parada suya necesita más firmeza.

Hoy ha tocado una breve escena entre un maestro de esgrima y su alumno, el hijo de un noble de un país que bien podría ser Escocia. Con el aderezo del elemento fantástico, representado por los misteriosos “cambiaformas”, queda algo interesante.

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